viernes, 24 de marzo de 2017

Emilia, “La canastera”, mártir del Rosario, sube a los altares de Almería


Este 25 de marzo, Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las causas de los Santos, beatifica a 115 mártires de la diócesis española de Almería entre los que se encuentra la primera calé que será beatificada: Emilia “La Canastera”. La de Emilia Fernández Rodríguez (1914-1938) es una de las historias trágicas propias, por desgracia, de esa época de horror y fratricidio sin sentido de la historia de España: la de la guerra civil (1936-1939).
Nacida en el seno de una familia gitana de la pequeña localidad almeriense de Tíjola, Emilia fue una chica totalmente normal, de su tiempo, aunque todos los que la conocieron y han podido prestar su testimonio sobre la mártir afirman que era especialmente buena y entregada a los demás, “muy buena, humilde y religiosa” contó su compañera de celda en la cárcel republicana de Gachas Colorás.
Así, antes de ser encarcelada, Emilia ayudaba a su familia mediante la confección y venta de cestos de mimbre, por lo que en el famoso mercado de la localidad se la conocía como “La canastera”. Poco más se podría decir de esta chica gitana, humilde y trabajadora. Excepto que, como tantas otras, topó con las milicias republicanas.
Las milicias, que decían servir a la II República española, llevaban a cabo verdaderas barbaridades en nombre del Gobierno, quien no sabía (o no quería saber) las tropelías que estos grupos de civiles armados cometían sobre civiles indefensos.
En cualquier caso, los milicianos llegaron para reclamar “voluntarios” (obligatorios) entre los gitanos de Tíjola, quienes no tenían ninguna intención de perder su vida por una causa en la que no creían, y por un gobierno que los había marginado secularmente.
Por ello, Emilia y su marido, Juan, idearon un plan para evitar dicho reclutamiento forzoso. Por desgracia el hecho fue descubierto, y el matrimonio fue juzgado sumariamente y recluido por separado, en una cárcel para hombres a Juan y en una para mujeres a Emilia.
La condición de embarazada de Emilia no hizo sino agravar el trato recibido por las carceleras, lo que enterneció a las reclusas, que terminaron volcándose con Emilia, llegando a pasarle secretamente sus raciones de comida.
Durante su estancia en la cárcel, Emilia comenzó su amistad con otra reclusa, católica y de su misma edad, Dolores. En su amistad con Lola, Emilia le pide que le enseñe a rezar, instruyéndola en el rezo del rosario. Emilia aprende el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria… Y lo reza constantemente.
La directora de la prisión se entera del hecho, y decide chantajear a Emilia para que delate a quién le enseñó el rezo mariano. La lealtad, fidelidad y generosidad de Emilia hacia Dolores del Olmo la lleva a ser encerrada en una celda de aislamiento, donde las condiciones eran, si cabe, aún peores. Es en esta celda de aislamiento, fría y alejada de toda higiene, donde Emilia da a luz a su hija, Ángeles, quien será bautizada a escondidas y bajo peligro de un castigo aún mayor.
Tras el parto, las condiciones físicas de Emilia son lamentables, y es trasladada de urgencia al hospital, pero sorprendentemente, en lugar de ser tratada, es devuelta a la cárcel, donde la dejaron morir de las hemorragias causadas por un parto sin atención médica alguna.
Nada más se supo de Emilia, ni de su recién nacida Ángeles. Lo más probable es que el cuerpo inerte de la madre fuera arrojado a una de las muchas fosas comunes de la zona, mientras que la hija fuera, en el mejor de los casos, dada en adopción.
La historia de Emilia “La Canastera” es una de las 115 que este 25 de marzo serán recordadas en la beatificación de los mártires de Almería, pero es el mejor ejemplo en el que “la Iglesia no considera mártir sólo a aquel que fue asesinado por vivir su fe, sino a quien, como Emilia, fue castigada dejándola morir”, subrayaba José Juan Alarcón, delegado episcopal para las Causas de los Santos de la diócesis almeriense.