sábado, 16 de enero de 2016

Carta para el año del Jubileo de la Orden de Predicadores

Carta para el año del Jubileo de la Orden de Predicadores



«¡Ay de mí si no predico el Evangelio!» (cf. 1Co 9, 16)
La Orden de Predicadores, ayer, hoy y mañana








Muy queridos hermanos y hermanas:
¡Ve y Predica!

A partir de la celebración del aniversario de la llegada de las primeras monjas de la Orden a Prulla, cada año la novena propuesta por Fray Carlos nos fue preparando para escuchar hoy de nuevo este envío. Nuestra tradición dominicana nos dice que Domingo escuchó un día este envío pronunciado por san Pedro y san Pablo: «Ve y predica, porque Dios te ha escogido para ese ministerio», le dijeron. A la entrada de la Basílica Santa Sabina, esta misma fórmula fue retomada por la pintora que dibujó el bello icono donde santo Domingo se dirige también a nosotros, hermanos y hermanas en la familia dominicana: ¡Ve y predica! ¡Vade Praedica!

Responder a este llamado – no sólo de modo individual sino todos juntos, como comunión fraterna, en solidaridad apostólica con nuestras comunidades y comprometiéndonos del modo más vital posible en la dinámica de la santa predicación que constituye la familia dominicana – será nuestra manera de actualizar la confirmación de la Orden cuyo octavo centenario estamos celebrando. Acogiendo la solicitud de Domingo de Guzmán, la Orden fue confirmada por el papa Honorio III en 1216 como la Orden de Predicadores. Hoy, solicitados por las necesidades del mundo y con la misma voluntad de Domingo de servir a la Iglesia y al misterio de su comunión. Nos corresponde en cierto modo a nosotros mismos el turno de confirmar esta Orden de Predicadores de la cual Honorio III escribía que, consagrando todas sus fuerzas a hacer penetrar la Palabra de Dios y a evangelizar el mundo por medio del nombre de nuestro Señor Jesucristo, Domingo y sus frailes respondían la voluntad de «Aquel que no deja de fecundar su Iglesia por medio de nuevos creyentes y quiso asemejar nuestros tiempos modernos al de los orígenes y difundir la fe católica» (18 de enero de 1221). 

 «Predicar el Evangelio no es para mí ningún un motivo de gloria, es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no predico el Evangelio!». Es verdad que estamos lejos de la época en la que escribía Pablo, pero, ¡gracias la predicación de tantos hermanos y hermanas nuestros, la Iglesia ha extendido la tienda de la amistad con Dios! Estos años de preparación del Jubileo han sido para todos nosotros, frailes y hermanas, laicos y religiosos, la oportunidad de evaluar, nosotros también, el modo como contribuimos a establecer la tienda de la amistad con Dios según el camino abierto por Domingo. Probablemente, este tiempo ha sido una oportunidad para tomar conciencia de los obstáculos que progresivamente han podido frenar el entusiasmo de los primeros días, la pesadez institucional, los temores y necesidades personales de seguridad, la necesidad de reconocimiento, las indiferencias o el desánimo frente a las fracturas que desfiguran el mundo. Ciertamente, debemos buscar la manera de evaluar lo que hacemos y lo que podemos hacer, establecer planes ya sea para desplegar nuestra predicación dándole el espacio necesario a la creatividad que traen las nuevas vocaciones, como para preparar una fase de transición, tal vez, de recesión. Pero, sin duda, el futuro de la predicación del Evangelio de la paz, el futuro de la proclamación de que este mundo, tal como es, es el lugar donde Dios quiere hacer germinar la semilla del Reino, no será el resultado de planes estratégicos, por más pertinentes que éstos puedan ser. Como Domingo quería hacerle comprender al Papa cuando le pedía que confirmara los primeros frutos de su intuición, el fuego del Evangelio debe abrasar primero la existencia de cada predicador: elles debían «ser» Predicadores. Ese fuego interior fue el que nos dio un día la audacia de pedir la gracia de consagrar toda muestra vida a la Palabra. Ese mismo fuego es el que puede introducir en nosotros la impaciencia, el insomnio, la esperanza de que, de pueblo en pueblo, el nombre de Jesucristo sea el nombre de un hermano y de un amigo que viene a vivir en familiaridad con los hombres, inspirando a todos la confianza para ir hacia Él (ST III q 40 resp3).

Cuando Pablo expresa esa «necesidad interior», lo hace diciendo cómo él mismo ha querido hacerse cercano a todos, libre frente a todos, haciéndose esclavo de todos: «Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio para ser partícipe del mismo» (cf. 1Co 9, 19 ss). Ese mismo fuego interior estaba en Domingo: el ardor de la predicación. La primera tarea del predicador parece ser, entonces, la de unirse a aquellos a aquellas a los que es enviado. Porque quiere que el Evangelio sea el hogar de todos, él une su destino al de sus interlocutores hasta el punto de aceptar que su libertad dependa de esas nuevas amistades, al punto de recibir su libertad y su creatividad de dicha dependencia (¿no es éste el significado de la mendicidad?). Para el apóstol, el fuego interior no es solamente tener que decir algo o aportar, sino el fuego de la impaciencia de tomar parte con todos en este mundo que recibirá de la Verdad del Evangelio, el día querido por Dios, su transfiguración. Sabemos que, para Pablo, dicha transfiguración tiene la figura del misterio de la unidad del amor en Cristo (Ef 3-4). ¿Cómo no evocar aquí el mosaico profético de Santa Sabina? (Ga 3,28; Col 3,11): todos vosotros sois uno en Jesucristo. ¡Él es todo en todos! Nuestra misión consiste en proclamar esa promesa de comunión: la estrella en la frente de Domingo nos recuerda aquella de Belén que se posa sobre el lugar donde la Palabra entra en alianza, en comunión con los hombres. Es la misma luz de la Palabra que viene a habitar en el corazón de la comunidad. Esta «venida» es como un fuego interior, ese mismo fuego interior que ardemos por transmitir a los demás. Llama de la predicación: símbolo de nuestro jubileo y de nuestra misión. Animado por ese fuego, en un mundo que parece a veces estar condenado a las divisiones y a los conflictos, cuando los identitarismos y las polarizaciones se hacen cómplices de aquello que obstaculiza la comunión en la diversidad, en una época en la que las religiones a veces no saben cómo escapar a estas tentaciones, animados por ese fuego de la promesa de una comunión prometida, ¡ve y predica!      

 Y vemos de nuevo la imagen de la visión de Domingo: el bastón de Pedro y el libro de Pablo. El bastón de Pedro, primero, para no olvidar que hay un sólo Pastor, del que Pedro fue el primer servidor. De este modo, se envía a los predicadores para a predicar la gracia de salvación de la que la Iglesia es sacramento en la unidad de su comunión. Pero, el bastón simboliza también que se trata de emprender el camino, de salir de nuestras instalaciones, de ir más lejos que las fronteras de nuestras seguridades, franquear los fosos que separan las culturas y los grupos humanos, de acompañar los pasos que avanzan por caminos con pocas certezas. Un bastón para apoyarse cuando, conscientes de nuestras fragilidades y de nuestros pecados, invocamos la gracia de la misericordia para que ella nos enseñe a ser predicadores. El bastón del predicador itinerante de la gracia de la misericordia. La movilidad de la itinerancia que tan interior como exterior exige que el bastón esté siempre acompañado del Libro que Pablo trae. Ciertamente porque en el Libro está escrito lo que Dios quiere revelar a todos. Y, además, porque en esas misma Palabra deben estar inmersos la experiencia creyente, la conversación de la evangelización y el esfuerzo de inteligibilidad en el que se empeña la teología. Pero el libro junto al bastón porque el encuentro, el diálogo, el estudio de otras culturas, la estima de otras búsquedas de verdad, todo eso constituirá las puertas de entrada hacia un conocimiento más profundo y comprensión de la Palabra que, progresivamente, se revela a fuerza de escrutar la Escritura depositada en la Biblia. Ve y predica podría declinarse también en «ve y estudia», no para convertirte en científico, ni tampoco para pretender poder «enseñarle a los demás», sino estudiar para escrutar los signos de los tiempos, para discernir las huellas de la gracia que actúa en el corazón del mundo, para aprender a alegrarte y a agradecer, para comprender un poco mejor cada día la profundidad del misterio de Su presencia que es Palabra y Verdad. Ve, porque la gracia de la que quieres ser predicador te precede en Galilea y debes aprender a reconocerla, a estudiarla, a contemplarla, ¡para tener enseguida la alegría de compartir su noticia!     

Y así partimos, impulsados por la multitud de aquellos y aquellas que, nos han precedido siguiendo el ideal de Domingo. ¡Tantas escuelas de santidad que se ofrecen a nosotros! Porque sabemos bien que ese «Ve y predica», al enviarnos por los caminos de la predicación, nos invita a descubrir cómo esos mismos senderos se convertirán en el nuestro camino para asemejarnos al Señor.  Me parece que en este umbral de este año del Jubileo no debemos perder de vista la memoria de la primera comunidad de discípulos y amigos que acompañaban a Jesús por los caminos de Galilea. Siguiéndolo dicha comunidad progresivamente fue «formada a la predicación». Y fue volviendo a esos primeros tiempos apostólicos fue como Diego y Domingo tuvieron la intuición, ya en su tiempo, de la necesidad de una renovación de los métodos, del ardor y del mensaje de la evangelización. Hoy y mañana, nosotros también, estamos invitados a esta misma tarea de renovación con el fin de contribuir a «asemejar nuestros tiempos modernos a los de los orígenes y a difundir la fe católica». Y tenemos la oportunidad de hacerlo acogiendo en todos los Continentes nuevas vocaciones que son llamadas a la renovación incesante del dinamismo de la predicación de la Orden. ¿Cuáles son esos caminos en los que se nos llama hoy a vivir familiarmente con los hombres? «También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado» (Lc 4, 43-44). ¡La Orden de santo Domingo, en su conjunto, debe estar animada por un sentimiento análogo de la urgencia de la «visitación del Evangelio» (Lc 1, 39)! Es verdad que todos, hermanas, frailes y laicos, tenemos buenas razones para decir que tenemos que asegurar, antes que nada, lo que ya estamos haciendo. Es cierto que a veces podemos estar como «paralizados» viendo la amplitud de la tarea y nuestro número reducido. Por supuesto, tenemos razón al decir que la tarea de la predicación es esencial en donde ya estamos establecidos. Pero la «visitación del Evangelio» nos urge para ir al encuentro de las personas, grupos, pueblos y lugares donde el anuncio de la buena nueva del Reino «también» debe escucharse. El objeto de la predicación es ese acercarse discreto y respetuoso de Aquel que viene familiarmente a proponer la amistad y la misericordia de Dios. Se sabe que Domingo no fue el «creador» del Rosario. Pero no es una coincidencia que a su Orden se le haya confiado la meditación y la predicación del Misterio de Cristo por la contemplación de los misterios del Rosario. Estando así arraigados en lo profundo de la vida del predicador, los misterios de la vida de Jesús, habitando en medio de los suyos, estableciendo su morada en medio de los hombres, afrontando la traición y la muerte, proponiendo sin embargo el perdón continuamente, guían la manera en que los predicadores servirán con sus palabras humanas la llegada familiar de la misericordia para que el mundo tenga vida.

La Orden ayer, hoy y mañana, enuncia el tema de este año de celebración del Jubileo. ¿Qué será la Orden mañana? Será, sin lugar a dudas, predicadora, libre y feliz. Como ayer y hoy, ella estará animada por el deseo de vivir y predicar la comunión a su propio tiempo, así como vivía con Jesús la primera comunidad apostólica buscando hacer oír la promesa del Reino como una Buena Noticia para todos. No pretendo describir aquí la forma concreta de la «santa predicación» de mañana: ella será el fruto de la creatividad apostólica de nuestros frailes, hermanas y laicos en todas las latitudes, creatividad suscitada por la creatividad del Espíritu. Pero, sin importar cuál sea esa forma, creo que la Orden tendrá en el futuro que asumir algunas preguntas cruciales que me permito de formular a partir de las visitas que he podido hacer a nuestros hermanos y hermanas alrededor del mundo.   


¿Cómo podemos prestar oído y comprender lo que el Señor nos dice por medio de las nuevas vocaciones que Él nos confía al enviárnoslas? Al releer la historia de los primeros tiempos de la Orden, me sorprende la manera como los nuevos frailes y hermanas aportaban a la predicación, a través de su experiencia de fe, su formación, su historia, su cultura. La conversión de los unos (as), los estudios especializados que hacían los otros, la experiencia de vida…: todo eso fue moldeando progresivamente la diversidad y la creatividad de la Orden de santo Domingo. ¿Qué tenemos hoy? Muchos nuevos frailes y hermanas entran a la Orden después de cursar estudios que los han confrontado con los nuevos saberes contemporáneos, muchos vienen de medios culturales y familiares a los que la Iglesia no llega siempre con facilidad. Precisamente, muchos de ellos han quedado «prendados» por la urgencia de la Palabra en medio de una vida cuyas seguridades y planes de futuro han dejado de lado: ¿De qué manera la Orden va a permitirles permanecer fieles a esa generosidad y desplegar plenamente su creatividad al beneficio de la creatividad apostólica de toda la Orden? La riqueza de esas vocaciones nuevas implica una exigencia para todos nosotros: la de profundizar y diversificar continuamente nuestro «servicio a la conversación de Dios con los hombres».

 Dicho servicio, si es nuestra responsabilidad común, se realiza en culturas muy diversas. La Orden se hace cada vez más internacional e intercultural. Al mismo tiempo, en la Orden como también sucede en el mundo, aunque se hable continuamente de globalización (o, tal vez, porque se habla de ello) existe la tentación de replegarse sobre identidades más «conocidas» y cerradas sobre sí mismas, con el riesgo de estar siempre un poco a la defensiva cuando se trata de intercambio, colaboración u opciones por el bien común que implican tomar el riesgo aparente de la fragilidad y, sobre todo, de no poder realizar los proyectos a corto plazo que cada entidad ha planeado por su lado. ¿Cómo podremos, en el futuro, abrir con amplitud los caminos de lo intercultural, del intercambio entre provincias y congregaciones? ¿Cómo dar lo mejor desde la realidad internacional de la Orden al servicio de la Iglesia? ¿Tendremos la osadía de correr el riesgo de internacionalizar nuestras comunidades, de hacer de ellas testimonio de la sinfonía posible entre culturas, entre las modalidades de proximidad familiar con el mundo, entre escuelas teológicas, entre saberes, entre representaciones de la Iglesia?... ¿Cómo, a fin de cuentas, la Orden será, ella misma, en medio de la Iglesia, esa «conversación» que el beato papa Pablo VI tanto deseaba?       

Para lograr esto, me parece que la Orden tendrá en el futuro que ser cada vez más la Orden de una predicación contemplativa. Paradójicamente, cuando se repite sin cesar, con razón, que la Iglesia necesita aún más obreros para la mies, la Orden podrá ofrecer seguramente un servicio que no limite sólo a la acción pastoral, sino que será en mayor medida el de ofrecer lugares de contemplación, de búsqueda de sabiduría, de búsqueda de la verdad. Esto significa reconocer el lugar que debería tomar en el futuro el cuidado del testimonio de la comunión fraterna, la prioridad no negociable dada a la meditación de la Palabra, a la liturgia de las horas y a la intercesión, a la vigilia paciente en la presencia del Señor. Pero es decir también la determinación con la cual debemos consolidar y profundizar la intensidad del estudio, vía privilegiada de la contemplación, servicio para la Iglesia que, a nombre de la tradición que nos ha sido transmitida, no podemos declinar.      


La Orden mañana deberá estar más que nunca animada por el deseo de ser cada vez más esa «familia de Domingo» que, ya en los primeros tiempos, fue una innovación para la Iglesia. Esto debería llevarnos mucho más allá de tener buenas relaciones fraternas entre todos los miembros de la familia dominicana. La cuestión será, sin duda, de manera más aguda, la siguiente: ¿Cómo el hecho de ser esa «familia» nos permite identificar mejor juntos las necesidades de la Iglesia y del mundo y de responder a ellas asumiendo juntos una responsabilidad apostólica y evangélica común?    

Será en buena medida a través de la realización de esa familia que la Orden buscará en el futuro continuar siendo servidora de la amistad de Dios con el mundo. Para lograrlo, los frailes como las hermanas y también los laicos, deberán cultivar su voluntad de movilidad, de itinerancia. Las necesidades de la Iglesia y del mundo cambian a paso acelerado. Al mismo tiempo, tenemos que asumir instituciones pesadas o proyectos, presencias conventuales difíciles de mantener y proyectos personales que difícilmente se conjugan en un proyecto común. El reto será encontrar medios para estar cada vez más atentos a las necesidades de los demás que a nuestra propia voluntad de «mantener» lo que queremos hacer o continuar haciendo. ¿Cómo no olvidar que lo propio de la Orden, ayer, hoy y mañana, es ir más allá de las situaciones establecidas, de salir al encuentro de aquellos que no han tenido todavía la alegría de un encuentro personal con Jesucristo, correr el riesgo de dejar las seguridades para ir a dar testimonio de la misericordia y de la amistad de Dios a aquellos y aquellas por quienes Dios es aún, o se ha vuelto, lejano y extranjero? ¿Cómo dejarnos impulsar por el fuego del deseo de ir, todavía, hacia otros lugares y otras culturas?   
En la Basílica de Santa Sabina donde celebramos la apertura del año del Jubileo, Domingo amaba orar, expresarle a Dios su preocupación por los pobres, los pecadores y los lejanos. Amaba confiar a la misericordia de Dios a los frailes que él enviaba, a pesar de sus temores e incertezas. Lo hacía con la convicción de que sólo la misericordia de Dios, incansablemente contemplada y anunciada, sería la fuerza de la predicación. En este año del Jubileo de la Orden, esta misma convicción nos envía a nosotros también a proclamar el Evangelio de la paz.
¡Ve y predica!  

fray Bruno Cadoré, O.P.
Maestro de la Orden de Predicadores
Rome, 1° de enero de 2016
Solemnidad de Santa María Madre de Dios